Mil “cuasi” territorios. Soportes para lo común y lo identitario.
La arquitectura como juego de transacciones entre signos, contextos y tiempos.
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Índice.
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· No es posible una geopolítica desde el Estado. Alternativas y procederes.
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· Nueva estructuración del territorio: conflicto/consenso en vez de administración centralizada.
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· Entrega del discurso generalista del Movimiento Moderno a la particularidad del urbanismo y a la arquitectura, de la aplicación al lugar.
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· Incitación, diagnósticos, procesualidad, acoplamientos sobre la arquitectura contemporánea y la geopolítica.
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· Soporte de interacción en la cultura. Una respuesta a la gestión de la habitación sobre un territorio entendido como laboratorio.
Introducción.
Este discurso es una tentativa que no obvia los riesgos que su puesta en escena evidenciará. Incorporarse es encarnarse en cuerpo otro, y aún siendo la trans-formación una de las condiciones de nuestro tiempo, no siempre ajustan bien los órganos adquiridos, o quizá no lleguen a acoyuntarse nunca, formando un todo no relacional dependiente, sino legible por las roturas y los hiatos: por lo ya no enervado.
Ello es así salvo para la lógica organizativa del propio discurso que, consciente de su lugar y su procedencia, ha previsto no ocupar un lugar que no le corresponde y entender los antecedentes con que se enfrenta. Nosotros hablaremos desde la arquitectura, como disciplina en disolución en múltiples frentes y modos de hacer, tal es nuestra formación, con el objetivo de aportar al seminario que nos ocupa, un conocimiento elaborado a partir del alcance de nuestra facultad de intervención y generación espacial, y una continuada investigación sobre la lectura del presente.
El material que el profesor Piazzini nos hizo llegar hace ahora un año es un referente, junto a otros que hemos introducido como aportación, que pueden ustedes vislumbrar paseando por los distintos pasajes de nuestra exposición. La publicación “(Des)territorialidades y (No) lugares. Procesos de configuración y transformación social del espacio” tiene nodos de reactivación en nuestra propuesta, sinergias que sintomatizan el problema tratado aquí, como uno de los más relevantes que hoy podemos constatar. Desde los flujos de Castro Nogueira a la lectura de los tiempos de Wallerstein por Piazzini, o a las definiciones de la profesora Segato para lo territorial, hemos lanzado puentes cognitivos que allanen la tarea de empezar a trabajar juntos desde perspectivas a veces de difícil síntesis e integración. Transacciones que darán lugar sin duda a un debate multivaluado, poliédrico y atravesable por sustransparencias y coalescencias. Y de nuevo, la forma del decir y los tiempos que corren, se mueven parejos, pero se pisan. La misma transparencia que nos permite ver al otro a través nuestra, disuelve la estructura subyacente en resplandores de luz, el “ritornelo” en palabras de Deleuze, un prisma, un catalizador de transformaciones, cristal de espacio-tiempo, generando sitios en no-sitios, desterritorializaciones in-situ donde, como indica Buci-Glucksmann, las formas se emborronan desmultiplicándose, la arquitectura pierde su gravedad y el tiempo se hace inaprensible, por cuanto el pasado es justamente lo que da definición a lo virtual, ya que no es lo que viene después, sino loque coexiste con su presente.
Esta nueva temporalidad en el espacio de flujos, disimilar y eternamente efímera, no lineal y nunca unificada, deconstruye lo social, las identidades, los imaginarios, y sus territorios, en un doble correr como el que ya hemos comentado. Hoy se habla ya de “resorts” donde antes impulsábamos nuestras identidades con el nombre de ciudades, de ciudades-mundo como única oportunidad de entender y manejar nuestro espacio-tiempo. Pies cambiados con cuerpos atados, que proveen movimientos de desterritorialización-reterritorialización como espacialización patológica, la de la compresión temporal instantánea en la globalización.
Cura al estar enfermo de tiempo significa saber cuantificar los movimientos por las roturas de las fronteras, encontrar datos para la desaparición o al menos la profunda modificación del entendimiento de los estados-nación, tan olvidados en sus estudios por las ciencias sociales hasta hoy, es advertir el desplazamiento de la materia hacia una inundación de inmaterialidad y de deslocalización por el vértigo de su aparecer efímero, es comprender la diferencia entre persona yciudadano, cuando se trata de resituarse en el territorio que no es el administrado y que es público y visible, es hacer frente al “comienzo del tiempo del mundo finito”, como diría Valéry, donde ya nada existe sin propiedad o dependencia administrativa.
Sin embargo, la pierna que corre con el otro ritmo podría tener algo que decir aquí. La transparencia no es trans-apariencia solamente, como diría Virilio, no es efecto resultante, sino soporte de intermediación, lo que permitiría ver las cosas como son. La transparencia no será una ontología social estética, que condiciona la realidad, capturando el presente, sino la intermediación, los intermezzi, los contextos, el estar entre (in-between), que produce sentido. Así, Jonathan Glover advierte que, para que se pueda hablar de nación, éstas deben tratarse como medios y no como fines en sí mismas.
El filósofo político canadiense Will Kymlicka introduce el concepto, acorde con el de mediación que mostramos como aportación a este seminario, de “cultura societaria” en las sociedades liberales, no nacionalistas, donde se pone de manifiesto la apertura hacia otras culturas, plurales dentro de ellas, -no entre ellas, naturalmente- integrándolas en la propia, para hacerla llegar a generaciones posteriores. La cultura societaria es afín al empleo del lenguaje común –no necesariamente idiomático, creemos nosotros-, llevado a las instituciones, antes que creencias religiosas, costumbres familiares o estilos de vida. Aquí la nación no es valor supremo, aunque (y por ello) no se encuentre escrito en su Constitución. La identidad florece por roce y no por entregas discrecionales, desplegándose en mil territorios (mil plataformas) de posibilidad de lo común.
Este es el ámbito que se pretende trasladar a la organización global del planeta por parte de pensadores como Inmanuel Wallerstein en su entendimiento de los sistemas-mundo. Con una perspectiva intrínsecamente histórica, los sistemas-mundo poseen tres ejes articuladores principales (economía-política-cultura) aunque fundamentados los 3 en la vertiente económica, la que va de los objetos a la sociedad (ya que la posmodernidad posee un sinónimo, el postcapitalismo) con una vía tercera fundamental que es el sistema cultural para ser capaz de dar coherencia y legitimidad – que es conocido como geocultura. Si hay un reconocimiento del fin del estado, también lo hay para la cultura, que antropólogos como Eduard Hall llaman cultura postestatal para un tiempo policrónico.
Nosotros hemos querido avanzar sobre esta perspectiva y cambiar el paso: de la sociedad a los objetos, según los preceptos de Bruno Latour, donde ya no es posible que los dioses, el dinero, la moda e incluso el arte sean los generadores de los imaginarios y las plataformas donde proyectar nuestras necesidades sociales. Lo contrario no es lo opuesto, sino el hallazgo de una sociedad capaz de entenderse con sus otros iguales, los objetos, en una república de encuentros donde todos sean posibles, donde se emplee una lengua común y donde de ninguna manera pueda entenderse que son el “arbitrario receptáculo de una sociedad hecha y derecha”. Más bien cuasi territorios. Latour ha escrito que mediante la multiplicación de capas de intermediarios es posible aceptar el de los cuasi-objetos (como intermediarios a su vez), pero sin concederles una ontología que pudiera cuestionar de nuevo la “revolución copernicana”. Este avance se hará, además de con Latour, con Giacomo Marramao, por el que evolucionamos del concepto de sistema-mundo, ligado a la economía globalizada, hacia el de modernidad-mundo, que asimismo se entronca con el de sociedad-mundo de los años 70 de Niklas Luhmann. Por él se reconocía que, por ejemplo, para observar las situaciones límite en Sudamérica, ya no podemos atender a la unidad local sino partir de la sociedad-mundo, lo que conjuga un reconocimiento de lo común en lo glocal.
Sobre la gestión común de lo común es necesaria una crítica a la geografía política, por mantener presente el contexto de Marx, donde además de la obsolescencia del estado-nación encontramos un foco de atención en el tratamiento reflexivo del espacio público, no sólo político, sino como escenarios de vida. Negri hablaría quizá aquí de Biopolítica, de amplio espectro comunista. Y, como extensión, el común, por estar ya acostumbrados a él, combate (que diría Castoriadis) entre las reivindicaciones de individualidad inscrita, eso sí, en lo democrático, y su necesario tamizado a través de la estrategia del capital, donde se es individuo sólo si llega a ser rentable. Las capas sedimentarias de la historia en combate con el régimen de acumulación flexible del capital, convierten al individuo en superfluo y banal, antes que la obtención de una plusvalía humanista, paradójicamente producida por el córtex cultural que abanderaba la operación. Es lógico pensar que aquí se pueda hablar de lo privado enfrentado a lo público como lo común. ¿Quées lo privado? Lo que está desprovisto de rostro y de voz, como diría un buen manual de acción social combativa. Pero, por otra parte, proveniente de lo jurídico para el ciudadano, para su reglamentación espacial: lo que resulta extraño a la esfera de los asuntos comunes.
Dos ejemplos abanderaran nuestra traslación del discurso como palabra, siempre ensimismado, a la generación de especialidades para lo común y lo proxémico, creación de una plaza y de un parque, donde signos, contextos y tiempos se reúnan para la tarea de la nueva constitución de las cosas de nuestro mundo.
1. No es posible una geopolítica desde el Estado. Alternativas y procederes.
Partamos, intencionadamente desmarcados de los puntos más conocidos para el tratamiento de la obsolescencia del estado-nación, de un diagnóstico de Peter Sloterdijk (Sloterdijk, 2006, 123) según el que las culturas no son sólo “sistemas” sociales organizados sino que son también, y aun fundamentalmente, sistemas de construcción escenográfica. Lo que nos importa de este diagnóstico para nuestra argumentación es que una de las misiones principales de la cultura es la de construir un escenario, un espacio artificial, un imaginario, donde se desarrolla y se articula nuestro proceder social y personal en el mundo.
Hay otros modos, antiguos y contemporáneos, de llamar a esta tarea: weltanschauung, cosmovisión, paradigma, marco de referencia, o metáfora cultural; términos que hacen referencia a los presupuestos de partida que posibilitan y limitan simultáneamente nuestra comprensión del mundo que nos rodea. Desde el giro lingüístico de principios de siglo, podemos incluir en este presupuesto también al lenguaje, como casa del ser pero también como sistema regulado de pensamiento en el que nos insertamos como eslabones, siempre últimos, de una cadena, que nos abre el mundo y, al mismo tiempo, nos limita su entendimiento. Sloterdijk aporta un cierto matiz de actualidad con su definición porque, al hablar de escenografía, hace resaltar el elemento de fingimiento, de simulacro, que acompaña a la cultura desde la segunda mitad del siglo XX. Si de los términos anteriores se derivaba como una especie de sentido naturalizado de lo que supone estar en el mundo, la cultura moderna, en su progresiva racionalización, funcionalización y abstracción de la vida acaba produciendo una especie de disociación entre naturaleza culturizada y escenografía cultural oficial.
Ficción de la cultura que podemos situar a partir de lo que Bruno Latour denomina el establecimiento de la Constitución Moderna (Latour, 1993), que genera una especie de reducción de la vida y el modo de relacionarse con el medio social, un esquema jerárquico, estratificado, sustentado en una base racional científica y tecnológica, puesto que no sólo la ciencia debía ener por objeto explicar-dominar la naturaleza, sino también, y en una tarea paralela, explicardomesticar al hombre. Este sistema conceptual debía extenderse e implantarse, del centro a la periferia, en una articulación geopolítica supuestamente democrática, que lo que conseguía en realidad era dejar un cierto nivel de convivencia para el sistema de estados nación que habían ido llegando, a través de un fluctuante juego de poder, a un reparto de poder territorial a nivel mundial.
Es difícil valorar el papel que este despliegue constructivo ha jugado en la historia colectiva mundial, puesto que, si por una parte ha generado un enorme nivel de desarrollo y bienestar, lo ha hecho produciendo enormes desigualdades y situaciones de dependencia muy difíciles de subvertir. Sin embargo las críticas fundamentales a este paradigma constitutivo, aun, de nuestro modo de pensar, vienen, por decirlo así, como defectos originarios del modelo, y aunque hemos tardado casi tres siglos en reconocer su existencia, llevan registrándose disfunciones y respuestas, a menudo demoledoras, durante todo el ciclo acotado entre la Ilustración y nuestros días.
La primera falla del modelo la muestra también Bruno Latour, y es que la simplificación básica de la constitución moderna entre naturaleza (a explicar y dominar por la técnica) y cultura, presenta un grado importante de irreductibilidad, es decir, no podemos separar completamente ciencia y cultura, materia y mente. Es más, los intentos de separación suelen conducir a la generación de situaciones puente entre una y otra, a tal punto que hoy la ciencia forma parte indisoluble de nuestro acerbo cultural, mediático, y también de nuestra vida al emprender cualquier gesto cotidiano.
Sin embargo, es justamente esta separación, que Latour denomina tarea de purificación, la que ha permitido el desarrollo de una segunda tarea, la de traducción, que provee una multiplicidad de híbridos culturales que suplen la interactuación premoderna entre naturaleza y cultura.Paradoja de lo moderno, una versión oficial racionalista, estricta, funcional, que potencia una actividad sumergida de mestizaje, no regulada, marginal, pero con un desarrollo creciente a lo largo del ciclo. Si la tarea oficial de purificación propone un marco explicativo de cómo funcionan las cosas, la tarea de traducción construye innumerables puentes, forjando una constelación de situaciones intermedias no previsibles, y que por lo tanto abren un territorio enormemente fértil a la experimentación y la creatividad.
Este desdoblamiento explicaría también el desbordamiento del modelo desde el mismo sistema tecnológico que ha sido su fundamento profundo, puesto que la tecnología se ha ido desligando del marco purificador, para tener cada vez más puntos de referencia en las tareas de traducción. En esa línea puede leerse la generación de todo un sistema de comunicaciones, que constituye por si sólo un entorno diferenciado, y que introduce en los modos de vida un aceleramiento continuo y ubicuo, al mismo tiempo que nos sumerge en nuevos nudos problemáticos que vienen de la inserción de lo virtual en lo real. Y que si por un lado están del lado de la cultura oficial, han producido una serie de vectores de variación en las pautas de consumo y de opinión, que no siempre son previsibles, ni mucho menos controlables y, por lo tanto, se configura como un campo provisorio de experimentación y libertad.
De ahí que el sistema organizativo tradicional del poder (económico-productivo, político, cultural), tienda a incorporar estas nuevas reglas del juego, generadas por el entorno de los medios de comunicación globales. En el ámbito económico productivo la asunción del mundo como mercado único, y por lo tanto campo de juego de fuerzas económicas, es algo que lleva gestándose a lo largo de los dos últimos tercios del pasado siglo. En el mercado global las asociaciones productivas son ya ajenas o independientes de los entornos de decisión, locales o nacionales, esto es, las agrupaciones en bloques de mercados comunes se articulan no sólo para privatizar un trozo del pastel para consumo interno, sino para conseguir condiciones de competencia y capacidad de presión sobre otros bloques.
El sistema político no ha tenido una suerte similar, puesto que las políticas globales, no han superado todavía un estándar mínimo de efectividad o democracia. Además el proceso de deterioro del estado nación como capacidad operativa se refleja en los procesos de balcanización, y reajustes de poder en el interior de las naciones a los que asistimos en diferentes puntos del mundo, pero también en la inefectividad de la mayoría de las políticas exteriores estatales, hecho visible en casi cualquier conflicto internacional.
En cuanto al sistema cultural, la materialización de una cultural global de consumo de masas, es un hecho difícilmente discutible a estas alturas. Los modos y las modas de vida, se gestan en una asociación entre visibilidad, valores y condiciones productivas que determinan la conducta y los gustos de cada vez más sectores poblacionales del mundo. Cultura global que genera un sistema de espacios propios, que describen desde el arquitecto holandés Rem Koolhaas y su “espacio basura” hasta Marc Augé con su concepto de no-lugar porque, ¿no se trata en realidad de uncierto tipo de lugares cuyas referencias no son ya espaciotemporales sino simbólicas e informacionales?
También se constituye una serie de categorías, que resuenan en la definición de Sloterdijk de la que hemos partido, puesto que son afines al mundo de la escenografía, como espectacularidad, virtualidad, ficción, visibilidad o moda. Por eso nos había interesado tanto la apuesta del maestro de Frankfurt, porque refleja que las condiciones de producción cultural contemporáneas tienen un sustrato básico –mal que nos guste- que aceptar: la existencia de un campo de juegos global, en el que, no sólo hay unas reglas establecidas desde su virtualidad específica, sino que hay también un juego de poderes establecidos que lo gestionan.
Puestas así las cosas, deben traerse al debate común no sólo aquellos problemas que reconocemos contemporáneos y que se originan en el despliegue de la estrategia moderna, sino también el conjunto de cuestiones que la simplificación existencial, efectuada por la modernidad, ha dejado a un lado como no esenciales, como rémoras en el desarrollo del nuevo mundo, y que se rebelan como nudos problemáticos profundos y constituyentes de nuestro tiempo, como la subjetividad, la materialidad, el papel del cuerpo, la importancia de lo contextual, etc., a las que las tareas experimentales de traducción sólo han ido respondiendo con una colección de parcialidades, muy fragmentadas. A este segundo grupo cabría añadirles además el rescate de aquellos otros paradigmas culturales, premodernos, o marginados por la modernidad, como las culturas tradicionales o la cuestión patrimonial.
Quizás sea por esto que Alain Tourainei, habla de una evolución del paradigma de la civilización occidental desde una polaridad primero política y posteriormente económica-productiva, a una visión cultural desde la segunda mitad del siglo XX. Para él, la cultura es el campo regulador general, desde el que la política y la economía se articulan. Puede que sea algo excesivo como planteamiento, puesto que no creemos que pueda hablarse de regulación efectiva por parte de la cultura del resto de los ámbitos de poder, pero sí es apreciable un cierto giro en la dirección cultural de los problemas centrales de la sociedad contemporánea. De hecho, y con ello entraríamos de lleno en el problema que nos ocupa, el problema de la identidad es un ejemplo excelente de cómo una temática fundamentalmente cultural se convierte en un problema económico-productivo y político.
Entraríamos entonces en una reformulación de la ya inabordable geopolítica tradicional, que sustituiría al sistema organizativo y jerarquizado de estructuración territorial, por una redefinición y puesta en tensión de las estrategias globales y locales.
2. Nueva estructuración del territorio: conflicto/consenso en vez de administración centralizada.
La descripción de un panorama que ustedes conocen suficientemente, nos permite, ahora sí, situarnos en el entorno territorial desde el enfoque específico de la arquitectura: cómo una disciplina que ha estado profundamente comprometida en la tarea de modernización de la vida y del medio, ejecutora, además, de la construcción física de una buena parte del espacio es, por lo tanto, afectada y llamada a su revisión por su mal funcionamiento y por la dificultad de su gestión.
Este papel de ejecutora y de cierto privilegio respecto a otras técnicas culturales, o prácticas artísticas, viene determinado por su misma configuración esencial, puesto que se desenvuelve indistintamente en el ámbito del entorno productivo y en el cultural. Parece por tanto que esa separación entre naturaleza y cultura, que se establece con la constitución moderna debería cuestionar seriamente su papel. Efectivamente, podemos repensar la evolución de la arquitectura desde mediados del siglo XVII, como un devenir, no siempre equilibrado, entre los polos de purificación y traducción a los que antes nos referíamos. De hecho, la formulación del Estilo Internacional es una tarea intrínsecamente purificadora, generada sobre una experimentación traductora previa, y a la que inmediatamente se superponen nuevos procesos de traducción, registrados hasta ahora como experimentaciones más o menos alejadas del canon moderno cuando, en realidad, se trata de hibridaciones que tratan de saltar el abismo, la separacióncreada entre proyecto funcionalista y vida.
Si nos situamos ya más directamente en el entorno temporal que nos concierne, el territorio actual correspondería a la progresiva construcción de un escenario artificial, o la explicitación de la construcción de sistemas de inmunidad, en la terminología de Sloterdijk. Dicho de otro modo, una ordenación del territorio jerarquizada por las mismas fuerzas económico productivas (y en menor medida políticas) que han ido poniendo en explotación y en despliegue las valencias consumibles de los diferentes entornos y que atendería a la adecuación del espacio para la habitabilidad y la productividad. La índole científico-tecnológica de este proceso, que acostumbramos a llamar globalización, ha ido generando una desterritorialización del territorio previo, y de su ligazón a culturas y sociedades premodernas, para insertarlos en una red de producción regida por la eficiencia tecnológica.
Por lo tanto, uno de los problemas sustanciales a los que nos enfrentamos en los procesos socioespaciales es la carencia, o la crisis profunda de las identidades territoriales, y a ello se responde con la necesidad, cada vez más acusada, de la reterritorialización. Pero en este vuelco hacia la búsqueda de un sentido territorial local ya no sirven las anteriores estructuras de poder económico o político modernas, puesto que, como ya hemos visto con anterioridad, se encuentran en una situación de desbordamiento ante la imposibilidad de regular relaciones estables entre naturaleza y cultura. Por tanto, nos encontramos con un vacío, con un sistema desregulado, enormemente sensible y vulnerable a los embates de las, todavía potentes, fuerzas productivas y su cultura correspondiente de consumo de masas globalizada, como vector desterritorializador activo.
Este es el motivo por el que el principal conflicto del territorio es un conflicto de identidad, que se registra fundamentalmente desde una polaridad antagónica: global contra local. Una dialéctica que ofrece pocas garantías, puesto que ambos polos deberían confluir de manera orgánica, más que constituirse en caras opuestas e irreconciliables entre las que hay que elegir, a veces de forma bastante dramática. Una dicotomía que Giacomo Marramao (Marramao 2006) trata de disolver volviendo sobre el término glocal, que se configura “como una cohabitación conflictiva de dos líneas tendenciales: la trend `sinérgica´ de lo global, representada por el complejo tecnoeconómico y financiero, y la `alérgica’ de lo local, representada por la turbulencia de las diferentes culturas”.
En otras palabras, si no podemos realizar una elección realista y responsable entre desarrollo económico o identidad cultural, habrá que asumir una situación inestable de gestión de conflictos desde bases consensuadas entre ambos polos, que permitan una habitabilidad territorial negociada y, por lo tanto, participada. Hay que tener en cuenta que lo local no puede entenderse meramente como una fuerza reactiva, sino que debe constituirse como fuerza productora de cultura activa, de identidad específica, si quiere constituirse en alternativa dialógica a las fuerzas globales, y al mismo tiempo debe ser lo suficientemente flexible como para permitir ese diálogo productivo, esa interactuación eficaz que estamos buscando.
3. Entrega del discurso generalista del Movimiento Moderno a la particularidad del urbanismo y a la arquitectura, de la aplicación al lugar.
Ya hemos adelantado que el Movimiento Moderno, en su apuesta por la racionalización y la funcionalidad del espacio, asume la tarea de purificación de la cultura moderna, rompiendo con la arquitectura anterior, como representante de intentos no eficientes, impuros, como representaciones híbridas de aproximación entre lo regulado por la ciencia y la cultura social, todavía con una cierta autonomía, que le producía el desfase con respecto a los modos de producción.
El ámbito de actuación de la arquitectura, para ellos, abarcaría desde la implementación del entorno corporal hasta lo territorial, con un criterio similar de eficiencia y funcionalidad. Su tarea era la de la construcción integral e integrada de un escenario artificial, racional, abstracto, extensible universalmente, puesto que sus referentes son herederos de la ciencia y, por tanto, no susceptibles de discusión.
Esta intención está en la base de la formulación del Estilo Internacional. Sin embargo, los malos resultados de esta arquitectura, empiezan a poner en evidencia la inefectividad del presupuesto exclusivamente científico para la operatividad arquitectónica y generan un estatuto de revisiones que se solapa al desbordamiento general del modelo moderno, que hemos descrito con anterioridad.
La arquitectura, como forma de hacer, dentro de esta estructura en explosión que es el presente desde los años 60 del pasado siglo, se configura, a ojos del fallecido arquitecto Bruno Zevi, como una nueva conformación de su espacio de desarrollo, Si la arquitectura se ha movido, al menos desde hace 5000 años, entre los polos del mundo autoritario de las reglas, de control, del orden, y el trasgresor de la libertad creativa, lo que definiría la situación actual, según Zevi, es que ya no hay reglas, sólo un estado de excepcionalidad continua.
Como ya anticipábamos, no es un problema exclusivo de la Arquitectura. La cultura, mirada macroscópicamente, sufre una fractura en su desarrollo que viene observándose desde el siglo XIX hasta encontrarse de golpe con un cambio dramático: a partir del año 1947, el nuevo ordo será el de la libertad, por la transacción de lo que era espacial vendido ahora como cultura del espectáculo.
Si lo que se quiebra es el equilibrio entre reacción-libertad, hoy el juego queda adherido al lado de la libertad. Lo que era excepción y marginalidad, es ahora regla común. Lo que era anomalía y revolución es ahora el “alba de una nueva civilización cuya luz no está destinada a oscurecerse”. Y no cabe esperar, ha pronosticado Zevi, que se alimente de acomodos lingüísticos, sino de experiencias sociales, es decir, de intercambios, que pueden ser inteligibles por su localización, – el lugar antropológico lo ha llamado Augé- en los mapas cambiantes que constantemente estamos obligados a generar. Esos lugares heterotópicos revelan que el predominio es el de los procesos, más que el de los ordenamientos, como nos gusta recordar del diálogo de Foucault con los arquitectos sobre la forma espacial, allá por 1967.
Desde la constatación de esta ruptura que arranca en la década de los 60 con Aldo Rossi que trabaja la arquitectura para la ciudad y con Robert Venturi desde la demanda de lo popular, empieza a desplegarse un considerable interés por aquellos que en sus obras manifiestan sus modos de hacer, y que han ido sustituyendo la estilística, la de los bricoleurs, por una ingente cantidad de estos modos de hacer.
Modos de hacer que conocen nítidamente el fin de la confianza en lógicas arquitectónicas disciplinares, o en condiciones de certeza, supliéndolas, para la acción postmetropolitana.
Parece que la única posibilidad de entablar acciones dentro del metapanorama que podemos aventurar de lo que son las cosas, sería, dentro de la pluralidad de respuestas, ir aislando algunas deesas estructuras parciales, como indica Moreno Pérez, tanto para decirse a sí misma la arquitectura como para resituarla en una función que desempeñar en este nuevo ámbito. Y es que los medios de comunicación han ido desplazando a la arquitectura hasta hacerla desaparecer por irrelevancia, lo que obliga a su reubicación respecto a su papel en la cultura. Para ello será Derrida quien nos, introduzca a una nueva figuración proyectual, acorde a la responsabilidad de no depender de la dominación y el control tradicional entre la representación plana, el dibujo, y lo espacial mismo, la arquitectura, articulándose la posibilidad de una nueva relación, una nueva condición diagramática, un espacio intermedio, a caballo entre ambas dimensiones.
4. Incitación, diagnósticos, procesualidad, acoplamientos sobre la arquitectura contemporánea y la geopolítica.
Hemos argumentado nuestra apreciación de partida, por la que entendemos que el territorio ya no puede ser administrado centralizadamente, desde el fracaso de las geopolíticas y la desestructuración del sistema de estados nación. Pero además hay que tener en cuenta que lo social-productivo ha roto la organización del postcapitalismo, donde no se centralizan territorios especializados sino que todo hecho se expande, rizomáticamente al conjunto del territorio, y nuestro punto de vista ha de fijarse en lo glocal, como campo conflictivo de interacción entre local y global. Teniendo en cuenta, además, que lo que caracteriza nuestra época según Touraine es la separación progresiva entre la red de mercados globalizados y una fragmentación creciente de las identidades culturales, y no hay una economía participada sino de comunicación global, no nos definimos en términos sociales, sino de identidad.
Otros convocados a este proceso participativo son las cosas mismas, en tanto que se constituyen en referentes y sujetos de nuestra acción. Para ello Latour reclama una nueva constitución, que refleje no sólo el estatuto de lo humano, sino también el estatuto de los objetos, entendiendo que los procesos de hibridación entran en esa relación de manera directa, y que no deberíamos seguir manteniendo una separación ficticia entre ambos mundos. Quizá en ese sentido, van las aproximaciones de Serres o de Agamben, proponiendo un espacio político en el que la operación de entrecruzamiento de los filones deconstruidos de lo global y lo local se entrelaza participativamente, al mismo tiempo que se constituye una política.
Para Sloterdijk, si la modernidad ha tenido como tarea la explicitación de los sistemas de inmunidad, estos umwelten deben ahora ser reevaluados en las condiciones de vulnerabilidad vital, parodiabilidad cultural y sustituibilidad protésica que caracterizarían la cultura contemporánea. Para ello propone una serie de capas, o estratos, susceptibles de interactuación, donde se ubicarían capas de problemas genéricamente diferentes y que abarcarían desde la integración de los problemas no resueltos, o soluciones todavía vigentes del estadio premoderno, a la aplicación de los artificios técnicos, la creación de ambientes fenomenológicos o la gestión de la relación con el lugar, y el ámbito del deseo y el ocio.
En otro sentido complementario replantea lo territorial Pierre Levy, proponiendo la inversión de la fundación tradicional del territorio sobre una base espacial, desde la que se hace fluir la temporalidad, por un modo de proceder más propio del intelecto colectivo, que transforma el tiempo en espacio. Si el primero intenta perpetuar fronteras, jerarquías y estructuras, el segundo se organiza alrededor de dispositivos que conciben un espacio dinámico, simbólico, y con capacidad de diferenciarse cualitativamente.
Un diagnóstico coincidente con este panorama lo aporta Massimo Cacciari (Cacciari, 2002), cuando habla de una paradoja filosófica y estética que proviene de que la energía que libera el territorio posmetropolitano es fundamentalmente anti-espacial, o desterritorializadora, donde las métricas espaciales son sólo un obstáculo a superar y las actividades no se piensan ya en términos de relaciones espaciales sino sólo temporales. Entiende que lo temporal es un paso hacia lo inmediato, es decir, una especie de estadio intermedio, previo a una situación que generaría un espacio indiferente y homogéneo, sin nodos significativos y sin particularidades, sólo perfecta, transparente e inmediata comunicación.
La paradoja está en nuestra propia condición física, somos lugar que conoce y habita lugares, que busca referencias concretas. Una contradicción que puede ser expresada en otros términos: lo inmaterial versus el peso de la materia. A resolver esta contradicción puede ayudarnos la idea, proveniente de la física, de la relatividad, donde materia y energía se traspasan mutuamente, reconocible como territorio de espacios deformables, elásticos, capaces de acogerse unos a otros.
Cacciari define una especie de individualidad universal, que trata de acordar, sin confundir, lo general y lo particular. Si extendemos esta concepción a los pares de términos dialécticos que hemos ido desglosando como local/global o público/privado, nos sentimos requeridos a buscar modos de generar esos ámbitos desde la asunción de lo complejo y lo conflictivo de la tarea que emprendemos.
5. Soporte de interacción en la cultura. Una respuesta a la gestión de la habitación sobre un territorio entendido como laboratorio.
Por lo tanto, nos situamos en un territorio en el que la realidad misma está sujeta a su propia representabilidad, a su entendimiento parcializado y temporal. El reconocimiento genealógico o el científico no llegan a resolver el problema: nada queda sujeto a pertenencias, a puntos fijos. La realidad que atañe al conocimiento y a la propuesta para el territorio es un conjunto complejo que resulta mucho mayor y diferente que la suma de las partes que lo componen o lo resumen en abstracciones, incluso contando con que ninguna de ellas puede ser considerada sin las demás. Añadiendo además una particularidad, que ya estamos en condiciones de reconocer en nuestro presente: nada queda ya definido por sus bordes, su figura, su forma, sino por su conectividad. Ni centro ni periferia sino la capacidad del tejido que los comunica y los articula.
En este entendimiento de la realidad urbana y territorial se detecta un claro desbordamiento de los instrumentos de comprensión anteriores, que partían de análisis y representaciones sectoriales del campo de estudio. Necesitamos por tanto nuevos modos de conocimiento y acción que puedan adecuarse a la complejidad contemporánea. Así aparece nuestra propuesta de intermediación: la de generación de interfaces de mantenimiento de la complejidad para evitar la simplificación y la reducción.
Un procedimiento como el que planteamos promueve una serie de cuestionamientos metodológicos, entre los que estaría cómo montar un pensamiento no determinado por las direccionalidades, por las estrías de los métodos establecidos o posibles. Para ello tomaremos como base a Deleuze (Deleuze 1998) y su descripción de miles de plataformas en movimiento que no se dejan cercar, cuya incorporación como presente se aventura en los intervalos, las etapas, los intermedios, en reactivaciones inagotables. Y lo veremos en los dos ejemplos que les proponemos.
Un segundo apoyo vendría, ofrecido por una situación extemporánea, sobre la que queremos producir un proceso de hibridación, de las geometrías no euclidianas o la fuzzy logic, como generadoras de complejidades, y que posibilitan el encuentro de una colección amorfa de fragmentos yuxtapuestos, no necesariamente unidos los unos a los otros.
Estas matemáticas emborronadoras no son meras instrumentaciones o ideologías al uso, sino que hemos podido constatar cómo la medicina, la psicología, la química, la economía, las dinámicas de población, o incluso determinados procedimientos proyectuales arquitectónicos, han incorporado sus aperturas, pese a las reticencias de ciertos sectores dentro de los mismos campos de conocimiento.
Lo que estas lógicas tratan de incorporar es una superación de las nociones simples de sistemas cerrados en equilibrio, o prácticamente en equilibrio, donde las causas son proporcionales a los efectos, y el tiempo es un factor externo, inherente al proceso a estudiar. A cambio, la intromisión de la complejidad concede amplios rangos a variables menores, por cuanto sus variaciones pueden someter al conjunto a modificaciones sustanciales. Tienden a ser susceptibles a la inestabilidad por los cambios de las condiciones iniciales y por las continuas fluctuaciones internas y externas. Su comportamiento es caótico, lo cual no significa que se autodestruyan, sino que el caos es un orden dentro del desorden, y se mantiene la generatividad como premisa, produciendo nuevas estructuras, que Prigogine llamó disipativas, a su vez más complejas, que demandan más materia y energía, o lo que es lo mismo, más potencialidades en relación y más información.
Un tipo de planteamiento que estimula formas abiertas de entender nuestro estar en el mundo asociados, por demás, a soportes, territorios, ciudades.
Se presenta ahora una visión propia que trata de responder desde la arquitectura a este nuevo reto, enunciando una teorización formulada al hilo de unas experiencias sobre problemas reales cuya naturaleza apunta a lo complejo, a lo participativo y a lo multidisciplinar. En concreto, a través de dos acciones que, localizadas en la ciudad de Sevilla –la propuesta para la ordenación de la Plaza de la Encarnación y la realización de un Parque sobre el antiguo cauce del Guadaira-, se enmarcan en la investigación que sobre los llamados soportes de interacción viene realizando desde diversos ámbitos el Grupo Composite como respuesta a la gestión de la habitación y protocolo de funcionamiento de los laboratorios sociales. Éstas, se suman a la formulación modelística ensayada en el seno del Master de Arquitectura y Patrimonio Histórico –como Proyecto Patrimonial- y, sobre todo, a la actividad cognoscitiva y propositiva generada por el Foro Barriadas: Nuevos Centros urbanos, como marco para una distinta sociabilidad urbana.
Actividades que dibujan una sinergia de actuaciones en cuyo seno es posible formular una acción arquitectónica compleja, capaz de encontrarse con los agentes y prácticas presentes en la estructuración de un territorio y ofrecerse como medio de articulación para una pluralidad de objetivos, intereses e identidades.
Una, en el corazón del Centro Histórico de la ciudad, y otra, recorriendo su borde meridional, se enuncian como proyectos abiertos en los que las dos miradas planteadas –la propia y singular de cada episodio y la más general del territorio al que pertenecen- están presentes en su forma de manera implícita. Para ello, geografías, ambientes y espacios culturales, modos y comportamientos de las gentes y los objetos, acontecimientos y situaciones posibles como propuestas de valoración social, etnológica, histórica, arquitectónica o medio ambiental de los elementos estudiados, etc., se constituyen en parte básica del proceso, quedando reflejados en una re-presentación donde aparecen convocados todos los personajes del sitio.
Una figura que pretende formularse como ámbito de nuevas inercias específicas y lugar de intercambio de escalas de paisajes y actividades entre ámbitos globales y locales; un soporte donde identificar potencialidades, inscribir acciones y arquitecturas singulares; un cuerpo en el que injertar nuevos parámetros de activación y reconocimiento de comunidades emergentes e intereses particulares. Pero también, un dispositivo para el control de los tránsitos de escalas y percepciones capaz de gestionar los pasos regulados de lo genérico a lo particular.
Y es que ante las nuevas expectativas creadas en nuestras ciudades y territorios, a raíz de una nueva significación de lo urbano y de la arquitecturización del entorno, surge una nueva cultura urbana ciudadana –basada en la participación y emergencia de nuevos lugares- que tiende a la puesta en valor del espacio público y natural como escenario alternativo de vida: allí donde producir el intercambio y encontrar nuevas identidades. Ello va producir un desplazamiento de los intereses y comportamientos ciudadanos a otras localizaciones más propias y al que habría que sumar el descubrimiento de nuevos valores y oportunidades en los sitios encontrados en su ámbito territorial más cercano.
Urge así, plantear y desarrollar conceptualmente una nueva idea del paisaje urbano abierto a un entorno territorial y cultural más amplio, a la vez que accesible a todos, desde la que producir la revisión de los conceptos asociados a la arquitectura y el urbanismo, al Patrimonio Histórico y Natural. Se hará necesaria la búsqueda de una definición para un paisaje cultural vivo en el que la acción del hombre se manifiesta con el paso del tiempo, con sus manipulaciones y transformaciones, como modo de activación y adaptación a nuevas necesidades.
Todo ello, sabiendo que los ámbitos de actuación pasarán a ser nuevos espacios humanos de individualización e inmunidad, de comunidades parcial y temporalmente constituidas, y en el entendimiento del territorio y la ciudad como un conjunto difuso de unidades en equilibrio cohesionadas por una leve espuma que las reúne, en las que cualquier actuación motiva un movimiento general en busca de una nueva estabilidad; sabiendo, también, que para una latente sociedad dinámica y participativa, las estrategias y soluciones serán siempre provisionales, susceptibles de cambios en los distintos momentos del proceso de aplicación, por lo que el punto de inicio es el diseño de una programación consecuente para la constitución de nuevos entornos humanos intermedios –donde el individuo o el grupo de individuos reconozca e identifique su lugar- que se realizará mediante ensayos sobre situaciones concretas que tienen como referencia la diversidad, la sostenibilidad y la gestión de transferencias de participación adecuadas entre individuo y medio.
Nuevos elementos y valoraciones de paisaje entran en relación con la nueva dimensión y vivencia propuesta: la nueva escala de los entornos vivenciales, la experiencia fenomenológica del Paisaje (paisaje practicado, paisaje activado, paisaje participado), las infraestructuras habitables (otras posibilidades y actividades se superponen a su funcionamiento), la imagen contemporánea (dilatada, plural, cambiante, virtual, mediática). A través de descriptores referidos a las infraestructuras y la movilidad, a la habitación o el medio, a la imagen o el patrimonio, surgen aquellos paisajes de las infraestructuras o del territorio, de lo informacional-global o del arte, paisajes inmobiliarios o del pasado.
Propuesta para el concurso de la plaza de la Encarnación
El Patrimonio como dispositivo y modelo de Gestión: una apuesta por la transferencia temporal
La posibilidad de sobrevolar de manera ágil por espacios de novedad y pasado es tarea que nos incumbe y preocupa, estando empeñados en la formulación de un Proyecto Patrimonial capaz de vivificar el ayer. El modo de relacionarnos con las cosas del pasado, que constituyen las señas de identidad del lugar en su encuentro con la sociedad civil y con las instituciones que lo viven, para actuar sobre los potenciales del presente y la memoria de nuestro territorio va a inducir a la configuración de un soporte capaz de recoger y dar cuenta de aquellos elementos que comuniquen y refuercen la estructura de relaciones que se producen en nuestro entornos.
Se ensaya un modelo de gestión patrimonial con base en la construcción de una sistemática abarcativa de actuación e intervención en un marco territorial específico y caracterizado, sobre el que se plantea una ‘idea sobre el sitio’ que recoge intereses de lo patrimonial, arquitectónico, político, económico, de desarrollo sostenible y de gestión. Pero también, un proceder que actúa como proyecto de espacialización del patrimonio desde una perspectiva de globalidad ambiental y como motor de desarrollo.
La representación del soporte cultural y natural, el establecimiento de redes y de estrategias de desarrollo, la identificación de segmentos espaciales y temporales del ámbito de actuación o el señalamiento de transversalidades operativas, son las intenciones y los materiales de una Base de Datos Activa donde se recoge tanto la información documental y gráfica de cada situación, como los criterios de intervención desde lo patrimonial en una estrategia regional.
Proyecto de un Parque sobre el antiguo cauce del Guadaira
El efecto resemantizador: Un lenguaje transformador en la ciudad contemporánea.
Se muestra aquí una incursión por nuevos lugares de habitabilidad con distintos compañeros de viaje, porque, si el urbanismo y las técnicas tradicionales nos resultan insuficientes para dar cuenta de los movimientos acelerados de personas, actividades y capitales, tampoco la arquitectura, el diseño arquitectónico, es una garantía para acudir a determinadas situaciones encontradas.
Se trata de evidenciar un estado de cosas que ha llevado al conjunto de disfunciones presentes en el continuo devenir de la ciudad, descubrir aquellos lugares donde poder considerar otros anhelos ciudadanos para volcarlos en una experiencia singularizada de estas regiones. Y con ello, formular estrategias de comprensión primero y luego de actuación sobre realidades fracturadas, incompletas o incapaces de actualizar su posición en el entorno que comparten con otros. Acciones que aproximan y distancian -lo separado en el espacio se une por su puesta en uso, por el carácter de las actividades que se producen-, movimientos que descubren vacíos de resistencia y gestión variable.
Ello, para figurar de un modelo de ciudad extrovertido, fluctuante, donde se disuelven los límites, reinventan paisajes y surgen nuevos escenarios en los que la forma de la ciudad viene del modo de habitarla, de su urbanidad. Un modelo desde el que presentar estructuras –bateasalternativas de cohesión, construyendo mapas que dilatan los ámbitos de intervención y gestión a otros espacios culturales de influencia, a través de procesos de aproximación, desvelamiento y búsqueda de referencias más eficaces tanto en el sitio como fuera de él, que atienden a la manera en que el sujeto se relaciona con el medio. Así, han aparecido otras geografías: suelos transitados, líneas, regiones y transversalidades que se reconocen como hechos diferenciales y proponen el sentido de lo patrimonial, de lo ecológico y una posible configuración formal a partir de su ocupación y puesta en carga.
Cada bancada nos convoca y acoge mostrando su propia forma: se orienta en el lugar proponiendo desde ella la mirada de cuanto le rodea y la nueva actividad que la justifica; nos remite y conduce a situaciones donde lo significante pasa a ser el paso firme sobre el pavimento, el contacto blando e inseguro sobre los tapizantes o el roce del pie descalzo sobre el agua; establece su capacidad de acogimiento del grupo que nos acompaña, dimensionando y diseñando los espacios para ello. Son esos modos de ocupación, los nuevos vínculos que se quieren establecer como experiencia de lo público con la ciudad.
Para su representación nos servimos de la metáfora de la batimetría: la ciencia que estudia las profundidades oceánicas con el trazado de mapas de isóbaras. Una técnica para el registro y representación de un espacio vivo de tránsitos globales y aproximaciones a escenarios de atraque y demoras provisionales; también, un modo de conocimiento capaz de fijar la realidad de un soporte de perfiles ocultos, contenedor de un medio fluctuante sujeto a corrientes internas no visibles y estados variables de su apariencia: un acercamiento distinto a la lámina superficial de agua, reflectante -siempre contrastada y en pugna con los bordes firmes de la tierra- y tan seductora como temible.
A la postre, un instrumento de desvelamiento que procura otra representación de la realidad, de los lugares de nuestro entorno y los comportamientos que allí se registran. Y con él, el trazado de nuevas cartografías para nuestras ciudades: mapeados que registren otras líneas de navegación ciudadana entre sitios ocultos, o de otra visibilidad e interés, y en los que señalar accidentes y posiciones relativas de encuentros, hasta llegar a la invención de un soporte donde nuevos sentidos de lo ecológico, lo patrimonial (identificadores) y de imagen queden establecidos en un espacio de participación.
Un espacio configurado por membranas artificiales o virtuales que son instaladas o programadas sobre un flujo móvil y fluctuante de naturaleza diversa que intermedia como alojo para actividades humanas en un ecosistema. Nuevos lugares de relación y convocatoria ciudadana, donde implementar programas capaces de adecuarse a las instalaciones híbridas ya existentes e interactuar requerimientos atmosféricos para la definición de diversos escenarios ambientales: compromiso con un espacio público activo dispuesto para una vida contemporánea caracterizada por la interacción con diferentes lugares próximos o remotos.
En un abanico de escalas que recorre los procesos que van de lo institucional a lo cotidiano, de lo remoto a lo próximo, del pasado al futuro en el presente, de lo infraestructural a lo informático, estas membranas deberían atender al diseño de la complejidad que se da cita ahora en nuestras ciudades.
Un registro inverso de la ciudad que metaforiza la batimetría como estudio de las profundidades por bateas y sus ecosistemas sucesivos formando una tarta invertida, que actúa como una distinta vía de acceso y manera de estudiar el espacio público en la metrópolis. Aquí las bateas hay que crearlas, adaptarlas de lo existente, sería como una nueva especie que habita la tierra y por tanto entra en simbiosis con ella, además se comportaría esta ciencia como una especie de fractal cuyo orden de lo minúsculo es el de lo inmenso y así podría entrar en su geografía.
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E-book “Sobre la situación actual de la arquitectura: genealogías, diagnósticos e interpretación” (2004), grupo Composite Universidad de Sevilla, 2005 www.grupo.us.es/composite i Peter Sloterdijk (Sloterdijk 2006) habla de la existencia de un giro poético en la concepción cultural, como sucesor del giro lingüístico de principios de s.XX enunciado por Saussure, o Wittgenstein. Quizás puede apreciarse esa línea de desarrollo en la incipiente tendencia a la esencialización de los problemas a la que asistimos, que podría entenderse como una reacción a la cultura de consumo y/o a la sucesión incesante de modas existenciales.
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- 2 julio 2010 / 12:31
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